domingo, 8 de abril de 2018

Música y control social

¿Han estado alguna vez en algún acto proselitista de un candidato a un puesto público? ¿Alguna vez han entrado a un templo de esa iglesia llamada cristiana u otra semejante? Si sí, seguro han notado el recurso visible y descarado que ambos entes emplean para conquistar sus objetivos.

La música tiene el poder de levantarnos de nuestro asiento, de ponernos a todos en determinado estado de ánimo. ¿Acaso no hay canciones que nos alteran lo suficiente para recordarnos cosas penosas, tanto como para movernos al llanto? ¿Acaso no hay melodías que nos obligan a mover los pies y a tararear desvergonzádamente aunque nos escuchen los demás? ¿Acaso no hay obras que predisponen en nosotros, por el contrario, un feliz ánimo? Sí, claro que sí, y esa es la razón de por qué la música es una de las formas de convencimiento y control de masas reconocidísima.

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Es una obviedad decir que los políticos, o quienes quieren serlo, en general no ven en el presente y futuro de su carrera política otra cosa que el enriquecimiento privado; vamos, eso es algo que se da por sentado. Ahora, la cosa no es distinta con esas nuevas iglesias que tanto éxito tienen: Luz del mundo y otras más. Como intentábamos decir antes, la música se halla presente en los actos de unos y otros, y está ahí no con el fin de embellecer el proselitismo del candidato o de halagar a Dios con un bello canto. Está ahí para convencer a las personas de algo muy específico, de una n idea: con el ánimo exaltado, con los sentidos casi embriagados por la droga que provee la música, las ideas entran mejor y más adentro.

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En unos (los candidatos políticos), la música está ahí para convencer al electorado de que vote por ellos. ¿Recuerdan la canción inútil y pegajosa de Movimiento Ciudadano? Y en otros (las nuevas iglesias), la música está ahí para convencer a las personas de que en esa iglesia por fin han encontrado un vínculo con el Señor, lo cual animará a esas personas a seguir yendo a misa y, claro está, a ofrecer el diezmo correspondiente, que sin él esas iglesias no tienen sentido, porque en ellas lo que menos importa es la figura y la obra de Dios (sea quien sea), sino el dinero que humildemente solicitan a sus feligreses, y que éstos, amablemente, otorgan por su propia voluntad, aunque no sepan que ésta les ha sido intervenida.