domingo, 24 de septiembre de 2017

Terremoto en México, predicciones e ignorancia

Después del movimiento telúrico del pasado 19 de septiembre (desgraciada coincidencia con la fecha del terremoto de 1985), saltan por todos lados las recomendaciones sobre la idea de no creer en quienes predicen terremotos en próximas fechas.

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De hecho, esas predicciones no son cosa de ahora. Desde hace mucho tiempo hay gente que por la razón que sea, afirma que un sismo se avecina y que destruirá toda la ciudad, todo el país e incluso el mundo entero.

Que los medios de comunicación aclaren y se esmeren en difundir la idea de que tales predicciones son una total falsedad, es una clara muestra del nivel educativo de la población mexicana, paupérrimo, pobrísimo como nada en el mundo.

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Así las cosas, nadie se extrañe de por qué el gobierno hace todo lo posible por mantener en la ignorancia al grueso de la población: un pueblo ignorante no tiene medios de reclamar nada, de alzar la voz ni de manifestarse..., un pueblo ignorante cree en lo que sea, lo cual incluye predicciones alarmistas de terremotos que se avecinan y desde luego en la voz de la televisión pública, auténtica formadora del criterio y prejuicios de los mexicanos.


El gobierno mexicano está pero feliz y muy a gusto liderando sobre hombres con mente de niño, y para mantener a la población en ese estado infantil se ha visto en la necesidad de recurrir a medios desgraciados como el de asignar un presupuesto altísimo a la educación pública y mover de tal manera las cosas, que la educación sea de las peores del orbe. Lo cual culmina, evidentemente, no sólo en un pueblo sin cabeza, casi como un animal, sino en un pueblo pobre y mendigo.

domingo, 17 de septiembre de 2017

El cielo seguro es tan malo como la tierra de los vivos

Demos por hecho que existe la vida después de la muerte, no se hablé más..., y para ir a donde queremos, demos también por cierto que nuestro espíritu de algún modo va a parar a un cielo, nada más y nada menos que frente a la presencia de Dios.

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Según la teología cristiana (pensando de un modo que no pretende ser erudito ni exegético), a excepción de unos casos, todo mundo va a parar a ese lugar.

Si no sucede nada fantástico durante o después de la muerte, nuestro espíritu, es decir, nosotros mismos, seguiremos siendo justo y exactamente los mismos que cuando estábamos vivos, a saber, espíritus que traen consigo ideas intolerantes y violentas, espíritus insidiosos, que traicionan, que humillan... Y así como somos, seres descompuestos, auténticos detritos humanos, nos vamos a parar frente a Dios, y éste nos ofrecerá un lugar en el reino de los cielos.

¡Pero qué desvergüenza es ésta! ¡Ofrecer el reino celestial a animales sin honor como nosotros!

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¿Qué clase de Dios puede permitir a seres como nosotros entrar a su reino? Por más lleno de bondad que tuviera en el corazón, es un auténtico despropósito trascender al hombre en el cielo. El cielo, por tanto, no debe ser ningún paraíso. El cielo en este sentido no debe tener mucha diferencia con la Tierra de los vivos: un lugar donde los hombres se traicionan y humillan todo el tiempo, donde se discriminan y faltan a su palabra, igual, igualito que en el mundo de los vivos sólo que allá no habrá forma de escapar para salir de nuestro dolor, porque ya no tendremos cuerpo.

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¿Que al llegar al reino de los cielos seremos purificados de toda suerte de vicios? Esta fantasía teatral no entiende que al purificar los espíritus, éstos serían despojados de gran parte de lo que son, y por tanto debemos entender que la condición que los espíritus humanos debemos cumplir para acceder al reino de Dios, es dejar de ser nosotros mismos, convirtiéndonos en algo que no somos ni hemos sido jamás.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Las mujeres y la poca conciencia de su obesidad

Francamente me resulta muy extraño cómo algunas mujeres obran de tal modo que pareciera que se ven a ellas mismas como otras personas, y no como son en realidad.

La parte trasera de un autobús, microbus, pecero, etc., tiene espacio razonable para 4 ó 5 personas de complexión media sentadas con cierta comodidad. Pero hay mujeres, muchas de ellas con sobrepeso evidente, que solicitan permiso a los pasajeros sentados allí, para a su vez tomar asiento. Esto en el mejor de los casos, en los peores, sin pedir permiso se sientan abriéndose paso con la fuerza que les provee su cuerpo adiposo.

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La pregunta es razonable: ¿por qué esas mujeres obran así, como si no advirtieran que no hay espacio suficiente para que siente una nueva persona, y más aún una cuyo cuerpo cuenta por dos, y, según las circunstancias, a veces hasta por tres?

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Dando vuelta la página, recuerdo una ocasión en que tuve una cita a ciegas, o más bien, medio a ciegas, porque sí conocía a la chica al menos por un par de fotografías que previamente me había compartido. En esas fotos, la chica se mostraba bastante guapa y sobretodo delgada. Pues bien, llegó el día de conocernos. Al verla no podía creerlo, la chica resultó no ser guapa ni delgada, sobretodo delgada. Es probable que llevara consigo unos 40 kilos más de los que mostró inicialmente en las fotografías compartidas.

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En resumen, quizá podemos concluir que muchas mujeres no tienen conciencia de su obesidad, obrando de tal modo que pareciera que no se ven a ellas mismas con sobrepeso enfermo, sino como mujeres relativamente delgadas, lo suficiente como para solicitar permiso para tomar asiento en un lugar donde difícilmente cabría una niña delgada de 9 años..., lo suficiente como para no sospechar que la obesidad no es precisamente atractiva y que seguro harán pasar un muy mal rato a su triste cita a ciegas.

domingo, 3 de septiembre de 2017

¡Viva Mecxicou!

En estas fechas festejamos nuevamente un día que hizo feliz a mexicanos como nosotros. El próximo 15 de septiembre celebramos el día en que el sargento Benjamin Roberts bajó el lábaro mexicano e izó la bandera de las barras y las estrellas en el Palacio Nacional de la Ciudad de México.

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Por desgracia no viví yo en el siglo XIX, en el año 1847 de nuestro Señor, pero de haberlo hecho sin duda hubiera pasado por mi mente la esperanza alegre de que la tierra seca en que vivimos pudiera tener una oportunidad de progreso, formando parte de un país potente, recio, poderoso como lo es Estados Unidos.

Si todo hubiera salido bien, ¡maldita sea, si todo nos hubiera salido bien!, la bandera estadounidense continuaría ondeando en el asta del Zócalo capitalino, y no sería, hoy, una bandera extranjera, sería nuestra bandera, el lábaro de nuestro país.

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La guerra decimonónica entre México y Estados Unidos terminó con el tratado de paz llamado Guadalupe Hidalgo, en el que México cedió la mitad de su territorio. Si nuestros compatriotas hubieran sido tan amables de ceder un poquito más, alcanzando la Ciudad de México, o de plano anexar todo el territorio mexicano, hoy no estaría sumida en la pobreza la mitad de la población, ni se darían las aberraciones políticas, económicas y sociales que se presentan en este país.

Por desgracia, no se pudo ceder más a Estados Unidos, y ellos parece que tampoco querían más, ya que de haberse anexado todo nuestro territorio hubieran tenido que cargar con toda la población que de por sí consideraban (y consideran aún hoy) bastante inferior.

Y tal vez los Estados Unidos no estén tan equivocados respecto de nuestra inferioridad: algo malo debe haber en nosotros, algo podrido y seco, que impide nuestro desarrollo económico, educativo y social.

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Se ve tan lejos que la luz del progreso y la muerte de la corrupción alcancen a México, que quizá la única forma de imaginar su llegada, es leyendo La disculpa de Francisco Martín Moreno, o bien esperando una nueva guerra en que México perdiera otra vez, con la bendición de que el país invasor pudiera anexarse nuestro territorio y hacer de él algo bueno, o de menos lograr que deje de ser la poca cosa que es.

A título personal, y con esto termino, yo preferiría mil veces ver desaparecer a México como país y mirar a su población con la auténtica esperanza de una vida mejor, bajo el abrigo de la bandera estadounidense (alemana, francesa, etc), que seguir viendo a México como tal, como un país hecho pero incapaz de gobernar, incapaz de garantizar la seguridad, la economía, la educación y la mínima vida decorosa que sus ciudadanos merecemos.



Si te interesó este tema, puedes leer un poco más al respecto en Anexar México a Estados Unidos y su continuación.